lunes, 24 de junio de 2019

El regreso de Giselle. Y sin darme cuenta llegó el 16 de junio.


Las horas se hacían eternas hasta que vi entrar a mi hijo Abrahán por la puerta. Se le veía tan feliz al lado de Davinia que llegué a plantearme si el haber roto la relación con ella había sido lo más acertado.

Pero cierto es que eran ya muy continúas las discusiones que ambas teníamos. Y que mi hijo se criase en un ambiente en ocasiones bastante tenso no me parecía lo más oportuno.

Han sido muchas las veces en las que me he planteado como hubiera sido mi vida al lado de Musa y sobre todo la de mi hijo. Es cierto que había crecido en un ambiente feliz y estable. Pero me daba miedo el día en el que más tarde o temprano me hiciera más preguntas sobre su padre. Nunca le mentí y sabía que estaba muerto.

Recuerdo como si fuese ayer cuando al contárselo me dijo: —Entonces… Papá, ¿está en el cielo? ¿Algún día podré hablar con él y verlo?—. Nunca pensé que siendo tan niño me hiciese preguntas tan profundas.

Cuando los domingos le llevaba para que jugase al fútbol con sus compañeros de clase y me decía: —Mamá, ¿qué diría Papá al verme jugar? ¿Se sentiría orgulloso de mí?—.

Estas preguntas os aseguro que formuladas por un niño que todavía ni había hecho la comunión, sin que él lo supiera, me apuñalaban las entrañas. Y lo más penoso de todo es que no sabía que contestarle. En esos instantes, mis lágrimas, resbalaban incontroladas por mis mejillas.

Cuánto no daría por poderle devolver la vida a su padre y que con él compartiera esos partidos de fútbol… porque por más que Davinia y yo intentamos que no echase de menos la figura de un padre, era imposible evitarlo, mi hijo, necesitaba un padre.

—¿Qué tal os lo habéis pasado?—, les pregunté.
—Mamá Davinia me ha llevado al cine y… ¿sabes qué? ¡Me ha comprado palomitas!— Ver esa cara de felicidad con esos ojos tan brillantes me hacían sentir la mujer más feliz del mundo.

Aunque en esos instantes me sentía sin duda completamente dichosa, ya que mi hijo había conseguido que como mujer me sintiera realizada. Pero en lo más profundo de mi ser, no dejaba de sentirme sola, vacía…

No sé si tenía tan claro lo que quería, como lo que necesitaba, y lo que anhelaba era sentirme mujer, amada y deseada…

Davinia se había despedido de mí con un par de besos y se marchó. Hasta dentro de dos semanas no le tocaba volver a ver a mi hijo.

Como cada noche después de bañar a mi hijo y antes de que se durmiera le contaba un cuento. Cuando por fin conseguí que se quedase dormido, le miré embobada. —¡Cada día se parecía más a su padre—.

Cuando salí de su habitación —dejé la puerta entornada para poderle escuchar por si le sucedía algo— me dirigí a mi habitación. No tenía ganas de recoger la cocina y aunque soy bastante maniática para el orden y la limpieza, las ganas de abrir el diario y seguir escribiendo en él, eran más poderosas.

Me encontraba sentada en la silla frente al escritorio que tenía en mi habitación, cuando en ese instante el sonido que procedía del ordenador me anunciaba un mail nuevo en mi bandeja de entrada.

Me apresuré en abrirlo y era del Sr. Rodríguez, los días habían pasado tan rápidamente que ni me había percatado de que en una semana sería el día en el que me citó para vernos.

Hace años al recibir un mail de un cliente no me causaba ninguna sensación, mi profesionalidad en ocasiones me llegaba asustar, y sin embargo ahora… no sabía deciros si era miedo, respeto o deseo. Pero tenía claro que no podía dar marcha atrás.

Aunque no acertaba a manejar el ratón porque me temblaba el pulso, al final conseguí poder abrir el mail para poder leerlo.
  

Querida Giselle;

Como le prometí le escribo a una semana de nuestro encuentro. Encuentro que siento que va a cambiar nuestras vidas.

Aunque todavía sigo consternado al no llegar a entender el por qué se puso de nuevo en contacto conmigo, intento no darle más vueltas, ya que lo importante sin duda es que lo hizo.

Me dijo que nos citásemos en Crowne Plaza, pero Giselle…el nuevo hotel ni llega a ser la mitad de lo que en su día fue del que estaba situado en la Plaza de España. Ahora es más moderno, más cercano al aeropuerto, pero lejos… muy lejos de aquel maravilloso hotel.

¿Por qué citarnos en un hotel, Giselle? Tengo ganas de verla, de hablar con usted y para eso no necesito que estemos encerrados en una habitación. Un poco frío, ¿no cree?

Entiendo que ahora sea mi respuesta la que le contraríe y le aseguro que no es falta de interés hacia su persona, más todo lo contrario, quiero conocerla, quiero que me hable de su vida, que me cuente que ha hecho en todos estos años. Empecemos por eso y lo que tenga que ser, si tiene que ser, será.

La espero en la calle de la Rosaleda a las 19:30 de la tarde. Venga con ropa cómoda, deje a un lado su profesión y permítame conocer a la mujer, a la verdadera Giselle Bayma.

Sin más, me despido, ansioso de que llegue el día en el que por fin pueda apreciar su belleza en persona.


            Siempre suyo
            Roberto


La verdad es que después de leer el mail del Sr. Rodríguez he de reconocer que me dejó bastante contrariada.

Durante años había estado solicitando mis servicios y ahora que el destino le brindaba la oportunidad de hacerme suya, me encontraba con que solamente quería conocerme.

No puedo negar que esas palabras me extrañaban. Yo que hasta ahora tenía claro que lo que necesitaba era sentirme viva, ahora comenzaba a dudarlo, y tal vez lo único que en verdad quería era no seguir sintiéndome sola, vacía…

Y sin darme cuenta llegó el día dieciséis, día en el que al final nos veríamos.

Llamé a Davinia y le pedí que se llevase a Abrahán a pasar el día con ella, aunque por fecha no le tocaba.

Habíamos quedado a las 17:00 para que lo recogiera y se lo llevase. Cuando mi hijo me preguntó que a dónde iba, no supe que contestar, ya que me parecía demasiado temprano como para hablarle de la que en su día fue mi profesión. Una verdad que tenerla que callar me envenenaba día a día cada vez más.

Davinia con esa mirada escrutadora que le caracterizaba, me preguntó en silencio si estaba bien, si me sucedía algo… Me abracé a mi hijo, después a ella y me dirigí al interior de mi casa, después de asegurarme de que la silla que llevaba Davinia en el coche para mi niño estuviese bien asegurada.

El miedo sin saber porqué se iba apoderando por momentos de mí. Aparentemente lo tenía todo o eso era lo que parecía de cara a los demás, sin embargo, sentía la necesidad de respirar.... Lo que me frenaba es que ahora no tenía la frialdad de entonces, ahora me sentía bastante vulnerable. —¿Y si de nuevo volvía a enamorarme? ¿Y si era en verdad eso lo que necesitaba?—

Vivía al lado de la rosaleda, por lo que no necesitaba coger ningún taxi como antaño hacía para acudir a ninguna cita de trabajo.

Iba vestida como realmente quise hacerlo años atrás cuando decidí alejar de mí esa imagen de mujer frívola. Llevaba puestos mis vaqueros favoritos, una camiseta de palabra de honor de color negro y una fina chaqueta de hilo que color azulón que sin duda alguna resaltaba el color de mis ojos, y mis queridísimas zapatillas de deporte.

Conforme me iba acercando al lugar donde nos habíamos citado, las pulsaciones, iban aumentando. El miedo a lo desconocido es algo que a día de hoy me seguía atrayendo sobremanera. No me había parecido bien el que me hubiese citado en un sitio tan cercano a mi casa, siempre podía haber alguna vecina a la salida del colegio y que sin querer su hijo le dijese algo al mío. —Ya se sabe que los niños son las personas más sinceras del mundo— ¡Lástima que esa sinceridad con los años desaparezca!

Hace años no tenía la necesidad de tener tanta cautela y sin embargo ahora, toda precaución era poca.

—¡Cuántos años sin verte, Giselle!— me decía mientras cogía mi mano para llevarla hacía su boca para besarla.
—Sin duda, Sr. Rodríguez. ¡Mucho tiempo!
—Por favor Giselle, deje de tratarme de usted, me llamo Roberto y me gustaría que me llamase por mi nombre.
—Será complicado. Ya sabe que yo…
—¡No!, no sé nada. Tan solo sé que acabo de verla y toda su vida profesional anterior es como la vida personal de cada uno, privada, y en estos instantes parte del pasado.


Cada vez me desconcertaba más su actitud. Estaba acostumbrada a que todo fuese de una manera más rápida y directa en cada servicio. Todo esto… no dejaba de sorprenderme.

Me cogió de la cintura y fuimos paseando hasta llegar al Templo de Debod. No recuerdo haber visto un atardecer tan maravilloso. Me sentía rara, hacía años que nadie me cogía por la cintura al caminar, a excepción de Musa. Esa sensación me hizo sentir rara, diferente si cabe, pero completamente agitada por el recuerdo de una sensación ya casi olvidada.

Apenas hablaba, como siempre, estaba acostumbrada a escuchar y aunque quisiera alejarme de mi profesión, no podía. El escuchar siempre me daba más pistas sobre la vida de la persona que tenía frente a mí.

Al regresar me cogió de la mano al caminar, como si de un acto reflejo se tratase, la aparte de la suya.

—Giselle, ¿te encuentras bien?… Notaba cierta tristeza en su mirada al pronunciar estas palabras.
—¡Sí, no sé… supongo! Apenas pronuncié estas palabras con un hilo de voz.

Estaba completamente nerviosa y hasta notaba que las piernas me temblaban. Hace tantos años que no me cogía un hombre de la mano, me sentía completamente desconcertaba a la par que deseosa.

—¡Tranquila! ¿Quieres que te lleve a tu casa? Me dijo mientras que me besaba en la frente.
—¡No! Se me pasará. Hace tanto tiempo que yo…
—¡Hace tanto tiempo de qué, Giselle!
—De quedar con un hombre a solas. Cuando murió Musa, mi vida, fue la de mi hijo. Todo lo que he hecho hasta ahora ha sido por y para él, hasta tal punto que me olvidé de mí, de lo que yo sentía, de lo que yo necesitaba. —Las lágrimas rodaban incontrolables por mis mejillas—. Y no dejo de sentirme culpable, hasta mezquina y mala madre por estar aquí Roberto. Pero yo necesito…
—Sé que necesitas, lo sé desde el minuto cero, Giselle. Rompe la coraza, vence tu miedo, se tú misma y así te quitarás de encima ese lastre que te lleva mortificando desde hace tanto tiempo.

Sin saber cómo en ese instante los nervios se fueron o estos tal vez fueron los que hiciera que comenzase a quitarme de encima la coraza que durante tanto tiempo llevé puesta.

En ese instante me abracé a él,
comencé a llorar,
a vaciarme por dentro,
a expulsar toda la rabia que me consumía
y que me quemaba por dentro.
Dejé de luchar,
me dejé llevar,
me dejé querer,
me arrulló entre sus brazos
y me sanó con sus besos.
Y ya no era yo, sino éramos...

Cuando sus labios se separaron de los míos. En éstos se habían dibujado una sonrisa. Ya caminando de la mano, sin tener ninguna sensación extraña, nos dirigimos hacia su coche.

Durante todo el trayecto hacia su casa apenas hablamos, pero sí nos intercambiamos unas miradas cómplices. De nuevo volvía a tener a mi lado a una persona con la que apenas tenía la necesidad de hablar, ya que hasta en silencio nos entendíamos.

Solamente entrar en su casa. Me besó apasionadamente. Beso, al que correspondí con la misma pasión. Me cogió en brazos y me llevó hasta la cama. Y una vez allí, me desvistió como hace tiempo nadie hacía. Sentí sus labios acariciando cada centímetro de mi piel. Mis pezones se endurecían al sentir como los mordía. Siguió besando mi vientre y en ese instante separó mis piernas delicadamente, dejando mi sexo abierto ante él y una vez allí, sentí su lengua jugueteando con mi sexo hasta que sentí que mi clítoris comenzaba a palpitar. Me estremecí, grité, pedí que no parase… Hasta que sentí desfallecer de placer…



Y sin darme cuenta llegó el dieciséis de junio, fecha en la que al final logré sentirme como hace tanto tiempo no me sentía. Mujer, amada, deseada y después de mucho tiempo… viva.



Escrito por:
Eva Mª Maisanava Trobo



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