viernes, 26 de abril de 2019

Escorts: Giselle, permitame hacerla el amor.



Eran las ocho de la mañana y me encontraba en la cocina preparando el desayuno a mi hijo, hoy le había dado el día libre a la asistenta. Abrahán había pasado mala noche, y no quería que fuera al colegio encontrándose mal. —¡Cómo me dolía cada vez que enfermaba!—. Aunque realmente desde que salió de mis entrañas ya no he vuelto a saber qué es vivir tranquila, y mucho menos a dormir de un tirón. Con cada suspiro me desvelo, incluso a veces me despierto sólo para verle. Jamás pensé que se podría llegar a querer tanto a alguien como le quiero a él. Y es que gracias a la maternidad me he dado cuenta de que solo él es el amor de mi vida, y todos los demás meros sucedáneos.

Aunque Davinia y yo habíamos dejado la relación, era tanto el afecto que mi hijo sentía por ella, que hasta decía que era su segunda mamá y para no hacerle daño al niño habíamos establecido un régimen de visitas. Y hoy le tocaba a ella estar con Abrahán. Sentía un nudo en el estómago, mi hijo, crecía por días y yo sin querer me imaginaba mi vida el día de mañana sin él, y estar sola es algo que no me gustaba. —Era la primera vez en mi vida que sentía miedo. ¡Sí!, la soledad me da miedo—.

Acababa de terminar de hacer el desayuno, cuando Davinia llamó al telefonillo.

Seguía siendo esa mujer espectacular que me cautivó desde el día en que formó para ser una de las mejores y más cotizadas profesionales de Madrid. Su pelo moreno, sus ojos verdes, sus pechos, todo en ella me seguía seduciendo. Todavía la deseaba, aunque nuestra forma de ser era la que se había encargado de que tomásemos la decisión de dejar la relación, pero… qué no hubiera dado por besarla de nuevo.

—Davinia, ¿por qué no has abierto con las llaves?—la dije mientras que nos dábamos un par de besos.

—He cambiado de bolso y me las he dejado en el otro. ¿Qué tal Abrahán? ¿Cómo se encuentra?

—Mejor. La cena de ayer no le sentó bien, pero ya está mucho mejor. Espera que subo avisarle.

—Giselle, espera, yo…

Cuando me quise dar cuenta los labios de Davinia estaban posados sobre los míos. Nos empezamos a besar como si fuera lo último que fuésemos hacer en la vida. Me indicó que me sentase en la mesa de la cocina y una vez allí, se encargó de levantarme el camisón que llevaba dejando mis senos al descubierto. De nuevo volví a sentir la maravillosa sensación de sentir sus labios sobre mis pezones y su lengua traviesa haciendo que me excitase cada vez más… Nadie, ni Musa, ni ningún cliente, eran capaces de con tan solo excitar mis pezones llevarme al clímax. —¡Cuánto la deseaba!—.

En ese instante sonó la voz de mi hijo.

—¡Mamá! ¿Ha venido ya Davinia?

El tener un hijo de siete años es lo que tiene, que cuando menos te lo esperas escuchas esa vocecilla que hace que vuelvas a la realidad. Davinia y yo nos miramos cómplices y soltando una carcajada a la vez. Me bajé de la mesa, me puse el camisón rápidamente y subí a por él a la habitación.

Cuando los vi montarse en el coche y ver como se alejaban, el vacío y la soledad se apoderan otra vez de mí. Los años pasaban tan rápido que desearía tener el poder de parar el tiempo para que mi hijo siempre estuviese a mi lado, pero era y es ley de vida verle crecer y con el tiempo… alejarse de mi lado.

Todavía no había recibido contestación al mail que le mandé al Sr. Rodríguez y a estas alturas ya estaba convencida de que ni tan siquiera lo habría leído.

Aproveché las escasas horas en que iba a estar sola porque me venían muy bien para pensar… Decidí tomar un baño de sales que tanto me relajaba. Cuando me desnudé y me observé ante el espejo comencé a llorar. La maternidad había hecho mella en mi cuerpo, mis pechos ya no estaban tan firmes, ni eran tan tersos y mi vientre estaba lleno de estrías. Nada quedaba de ella belleza insultante y arrolladora que tenía hace siete años. Pero cuando recordaba la sonrisa de mi hijo, nada de eso me importaba. Ahora con casi cuarenta y tres años me sentía más segura y más mujer que nunca, pese a no tener la belleza que antes tenía.
        
Todavía aún sentía en mis pezones la sensación de los pequeños mordiscos que Davinia me
produjo antes de que mi hijo llamase con su voz nuestra atención. Llevaba tanto tiempo sin sentir verdaderamente placer desde que fui madre que cualquier caricia por superficial que fuese me hacía estremecer. Era tanta la necesidad de sentirme viva, de gemir como solo entre los brazos de ella lo conseguía, que no pude evitar acariciar mi clítoris sintiendo como se endurecía, mientras que las pulsaciones se me iban acelerando y con ellas mi respiración entrecortando. Necesita de nuevo sentir el temblor de mis piernas, y la sensación de morir para después renacer sintiendo de nuevo el placer. Cada vez iba aumentando la velocidad del movimiento de mis dedos, curvándolos lo suficiente para tocar mi zona más placentera y en ese instante el flujo de mi interior se mezcló con el agua tibia de la bañera y así me quedé un buen rato, convulsionando sin poder controlar el temblor de mis piernas. Morir, para después renacer… 
           
Al salir del baño. Me dirigí al estudio, de nuevo necesitaba escribir en mi diario, cuando en ese instante un sonido que procedía de mi ordenador me llamó la atención.
          
Había recibido un mail del Sr. Rodríguez:

Apreciada Giselle;

Cierto es como bien dice que han transcurrido muchos años desde que supe que se fue de la agencia, al igual que también es cierto que durante mucho tiempo estuve preguntando por usted. Es complicado, casi imposible diría yo, encontrar a una profesional como usted, pues lo reúne todo. Me siento halagado a la par que sorprendido al no llegar a comprender el por qué ahora quiere verme, sinceramente no llego a entenderlo. Claro que sabe que la deseo Giselle, ¡qué hombre no la desea!

Usted sabe que en la vida hay situaciones en las que uno tiene sed y necesita dar un trago rápido sin apenas saborear lo bebido, pero… Giselle, usted sabe que es algo más que un sorbo rápido, a usted hay que saborearla lentamente y despacio.

Comprenda que ha irrumpido en mi vida después de tantos años y que ya tenía agendada reuniones interminables pero beneficiosas para mi empresa que no puedo eludir.

Giselle, permítame hacerla el amor aunque sea una sola vez en la vida.

El próximo dieciséis de junio estaré en Madrid. Me pondré en contacto de nuevo con usted una semana antes para indicarle donde nos reuniremos.
          
Hasta ese día soñaré despierto con sentir su respiración al compás de la mía.
         

          Siempre suyo,
          Roberto


Escrito por:
Eva Mª Maisanava Trobo

Escorts. El regreso de Giselle. Me deseas y lo sabes.



Querido diario;

Hace mucho que no te concedía el tiempo que te mereces y máxime cuando eres tu el verdadero conocedor de mis inquietudes y de toda mi vida. ¿Sabes? es maravilloso ver crecer a mi hijo Abrahán... su sonrisa es mi sonrisa, su alegría es la mía y sus lágrimas... ¡Dios, sus lágrimas me desgarran por dentro!


Desde que Davinia y yo tomamos la decisión de dejar la relación, Y aunque pueda sonar un tanto egoísta, el volcarme tanto en él ha hecho que me olvide de mí, de lo que siento como mujer, ya ni recuerdo que se siente al ser acariciada. Y ya no te digo que por un hombre. Aunque siempre el recuerdo de Musa —el padre de mi hijo— será algo difícil de olvidar. Porque bien sabes que nunca le he dado importancia al sexo de la persona, sino a lo que la persona en sí me pueda aportar.


Mi hijo ya tiene siete años, los mismos que llevo entregada en cuerpo y alma a él y ahora... el sentimiento que se está apoderando de mi, me está haciendo sentir completamente ruin y mezquina. Porque aunque tengo la vida que siempre anhelé. La casa que siempre soñé, el tesoro más preciado de mi vida que es mi hijo; aún teniéndolo todo extraño sentirme viva. ¡Sí!, querido diario... viva.

No puedo evitar recordar cuando comencé a trabajar como escorts, siempre me dije... —¡Giselle solo será un tiempo y lo dejarás!—. Pero poca gente sabe lo complicado que es salir de un mundo que cada día te seduce y te atrapa más. El lujo, el placer, el poder... —¡Tantos secretos de estado confesados en mi persona bajo el efecto embriagador de las caricias de una profesional y la ayuda del alcohol!— Era increíble el dinero que podía llegar a ganar con un solo servicio. Y no puedo renegar de mi pasado, a fin de cuentas así conocí a Musa y con él fui madre.

Menos más que no he tenido una hija, porque no sé si podría encajar que se dedicase a la misma profesión a la que durante tantos años me dediqué.  Y aunque suene mal... tanto anhelo. Todavía recuerdo uno de los mejores consejos de Davinia...

—Nunca beses a un cliente, Giselle—.

Y a día de hoy aún recuerdo mi ingenua respuesta.

—¿Por qué Davinia, qué hay de malo?—

—Nunca lo hagas si quieres ser una gran profesional. Nunca te marcará lo mismo las caricias de un cliente o incluso si te realiza el sexo oral o te penetra. Pero... como lo beses, mejor plantéate dejar esta profesión. Porque un beso jamás se puede olvidar. Nunca cruces esa barrera, Giselle—.

—¡Qué gran verdad!—. La primera vez que cometí el error de saltarme la mayor enseñanza fue con Musa y tú mejor que nadie querido diario sabes todo lo que viví después.

¿Sabes? Siempre te he confesado todo lo que he sentido, siempre has hecho las veces de psicólogo. Y no sé qué hacer te lo juro. Quisiera volver a experimentar por un solo día el vértigo que se siente caminando en tacones sobre la alfombra del hotel y sentir ese miedo que se siente antes de llamar a la puerta donde está el cliente alojado. ¡Miedo a no saber qué pasará! ¡Cómo se comportará! Es tan atrayente ese miedo y ese mundo.

¡Qué irónica es la vida! Mi último servicio fue para salvar la vida a mi padre y ahora... Siento que es la mía la que tengo que salvar. El placer, el dominar, el seducir, el conquistar, están logrando que me plantee regresar. ¿Y si me concediese el capricho de llamar a la agencia?

No podía aguantar más las ganas de sentirme viva y llamé a David el director de la agencia en la que trabajé tanto tiempo.

—¿Giselle?— ¡No me lo puede creer! ¿Cómo estás? ¿Y tú hijo?
—Bien David, estoy bien. Mi hijo bien. Me imagino que al ser amigo de Davinia ya te habrá puesto al corriente de todo—
—Siento que lo hayáis dejado, hacíais muy buena pareja.
—Seguramente... pero mejor dejarse a tiempo que herirse gratuitamente.
—Completamente de acuerdo, Giselle. ¿Qué necesitas?
—No sé muy bien porque te he llamado o tal vez sí y no sepa como decírtelo. Sabes que estoy bien económicamente. Mi vida dista mucho de lo que era cuando comencé a trabajar para ti. Pero... necesito sentirme vida, un poco de emoción en mi vida.
—¿Puedes decirme si todavía sabes algo de ese banquero que durante tanto tiempo pidió mis servicios y qué siempre rechacé?—
—¿Te refieres al Sr. Rodríguez?—
—¡Si!—
—¡Estás segura, Giselle!
—Si, David. No voy a estar hablando de cifras porque ambos sabemos el caché que tengo. Solamente quiero volver a sentirme viva. Y el Sr. Rodríguez siempre me pareció un hombre fascinante —que de no haberme enamorado de Musa— hubiera accedido a sus insistentes peticiones. ¿Qué sabes de él? ¿Sigue preguntando por mí?
—Si, le dijimos que te habías ido a vivir fuera de España, eran tan continúas sus llamadas que temía se hiciera presente en la oficina.
—Perfecto entonces, mándame su mail para ponerme en contacto con él
—Así lo haré, ¿cómo quieres que te haga llegar el importe de tu servicio?
—No lo quiero, dónalo... Este servicio lo quiero hacer por mi cuenta. Es más la necesidad de volver a sentirme viva lo que me empuja hacerlo, que el dinero.

Al poco de colgar a David. Observé que tenía en la bandeja de entrada un mail de David con los datos del Sr. Rodríguez. Y de inmediato le escribí.

Estimado Sr. Rodríguez.

Sin duda han trascurridos muchos años desde que me fui de la agencia. Pero todavía me consta que sigue preguntando por mí, y ha sido la curiosidad de ver que después de tantos años sigue insistiendo lo que ha hecho que me ponga en contacto con usted. No me voy andar con rodeos y dejaré el protocolo a un lado, ¿recuerda el hotel Crowne Plaza?

Mañana le espero en la cafetería del hotel, no se engañe, "me deseas y lo sabes"...


(Continuará...)           


Escritores, amigos y ahora… ¡A quién le importa lo que sean ahora!



Todavía recuerdo cómo se conocieron. Fue en la presentación del libro de un amigo en común. Ella siempre había sido bastante escéptica y nunca había creído que de un evento literario al que asistía como invitada para cubrir el reportaje para el blog de literatura que dirigía, podría conocer a un hombre especial, único y diferente. Y cuando digo diferente —hacerme caso que podéis creeros a pies juntillas esa expresión—, porque sin duda alguna él es el hombre más especial que haya podido conocer en toda su vida.

Instantes antes de que la presentación comenzase, Roberto y ella se encontraban en un bar tomando un refresco. Se habían citado para hablar de literatura, un nexo en común y que siempre había sido el eje principal de sus conversaciones, en un principio por mensajes, más tarde por mail y aquel día cara a cara —mirándose a los ojos—. No sabría deciros por qué pero pude observar que ella sintió que lo conocía de toda la vida, llevaban bastante tiempo hablando y casi se acercaba la hora en la que se tenían que ir para que él presentase a Jorge, mi amigo; que seguramente ya a esas horas estaría nervioso al ver que no estaban ya en la Casa del Libro.

Han transcurrido casi seis años de aquel evento y sin embargo lo tengo tan latente que cada vez que paso por la cafetería ubicada en la Gran Vía de Madrid mi corazón se acelera, al recordar como hablaban de esa manera tan cómplice como si se conociesen de toda la vida. Él estaba casado pero aún así ella se sentía atraída, pero no quería tener problemas y más cuando su nombre se empezaba a reconocer en el mundo literario como algo más que el de una “simple bloguera”. Al terminar la presentación se despidió de Jorge dándole la enhorabuena y recibiendo consumo agrado un ejemplar que le había regalado. Había perdido de vista a Roberto, pero al instante vi que se dirigía a los ascensores para irse a su casa. Me dio la sensación de que a ella le daba impotencia por no haberse podido despedir de él, pero algo me decía que se volverían a ver tarde o temprano. Ella se encaminaba hacia donde estaban los ascensores, cuando justo vi que Roberto salía del interior de uno de ellos —todavía sigo sin saber el motivo que le hizo subir de nuevo— al salir del ascensor y al verla, decidió repentinamente entrar de nuevo y bajar con ella rumbo a la calle.

Vi como la acompañó a la boca del metro de Callao, y allí se despidieron con un par de besos y les perdí de vista. Ambos tenían una extraña sensación, no se querían ir, se hubiesen quedado más

tiempo, pero a él le esperaba su mujer y su hijo en casa, y ella tenía que regresar a casa donde vivía con sus padres para conectarse al ordenador y ponerse a trabajar en el reportaje. Durante unos meses fueron varias las ocasiones que fueron a otras presentaciones, siempre con la excusa de verse y poder estar juntos, pero sin querer ni reconocer, ni poner nombre a lo que sin saber ni cómo ni por qué les había unido. Por aquél entonces ella ya se sacaba un buen dinero haciendo vídeos promocionales de las novelas de los escritores y él le pidió también que le hiciera uno. Después del vídeo, vino un relato en común y seguían sin saber el porqué les gustaba estar juntos. Fueron varias las veces que quedaron para comer y siempre sin parar de hablar, algo que en él no era habitual, ya que era un hombre bastante tímido.

Después de unos meses en el paro, al final ella encontró trabajo y tuvo que cerrar la revista, porque comenzó a trabajar, y aunar su vida personal y profesional cada vez le resultaba más complicado. Se había distanciado de muchas personas de ese mundo, pero no tanto de él, que por una extraña razón siempre le enviaba WhatsApp con poemas que él había escrito y con todas sus novedades literarias. A ella le encantaba que lo hiciera, sé que era y es ese apoyo que tal vez su mujer no le daba y él por su parte también lo era y es para ella, ya que ni su familia, ni por aquél entonces su novio, lo entendían. Su trabajo en el departamento de recobros para una entidad bancaría la tenían completamente absorbida como para sacar tiempo para el verdadero amor de su vida, que no era otro que la literatura.

Pero llegó por fin su gran día, al final consiguió que una editorial quisiera publicar su primera novela y como no podía ser de otra manera, él fue el encargado de hacer el prólogo y como no, de presentarla. Sin duda fue el día más bonito de toda su vida. Quizás para muchas mujeres sea el verse de blanco, pero para ella, fue ese su día, el más importante de toda su vida. — ¿Tal vez porque él estaba a su lado? ¡Qué importa eso ya!—.

En ese tiempo de ausencia del mundo literario, conoció al que hoy es su marido y poco a poco se fue alejando de Roberto, pero sin poder jamás arrancarle de su pensamiento.

Pasaron muchos años sin verse hasta que una vez fue a verla al trabajo,  y allí en un parque que había frente a la oficina donde ella trabajaba, sus labios se unieron por primera vez. De sus labios jamás salió un te quiero o un te amo, pero no importaba, por fin se estaban besando. Apenas llevaba unos meses saliendo con el que entonces era su novio, pero no había ni una sombra de arrepentimiento, le quería, no podía negarlo, pese a todo, lo seguía amando.

Todos los que la conocen siempre han dicho de ella que les recuerda al Guadiana, porque a veces se la ve, otras no, pero… siempre está. Y eso es lo que la sucede cuando realmente se enamora, que por protegerse, desaparece…
          
Pasó más de un año hasta que un día ella se puso en contacto con él para ir a verle —se había cogido un día de asuntos propios—. Desayunaron juntos y de nuevo esa sensación de no querer irse… se hacía presente ante ellos.
          
Llego el día en que el que ella se casó con la intención de formar una familia y de alguna manera extirpar de su pensamiento a Roberto, pero por más que lo intentaba, todo intento era en vano, no podía, lo amaba en silencio.
          
Seguía sabiendo de él porque le seguía mandando mensajes suyos con sus poemas recitados y sus novedades literarias, de los que el gran porcentaje de las veces ni respondía. Pero que de alguna manera le venía a decir, que ni él la olvidaba, ni ella lo podía olvidar.
          
La comunicaron en su trabajo que el proyecto se acababa y su vida se resquebrajó, pese a que su amigo —el que la había recomendado y habló para trabajar en la empresa y en el proyecto que él dirigía— había contado con ella para no perder a “esa profesional” que como él decía era difícil de encontrar; tenía la decisión más que tomada. Necesitaba por una vez en su vida ser egoísta y pensar en ella, pero sobre todo en su salud.
          
Casi más de dos años sin verle y ahora más que nunca le extrañaba. Así que de nuevo se puso en contacto con él, y quedaron en verse cuando ella ya hubiese dejado de trabajar. Se vieron un día para desayunar, a la semana siguiente para comer y de nuevo desapareció de su vida porque verle hizo encender en ella todas esas brasas que creía tener controladas, pero que en contra de su voluntad se convirtieron en llamas al volverle a ver.
          
Roberto aún con todas sus idas y venidas que no sé si alcanzaba a comprender, la seguía mandando esos mensajes que tan feliz la hacían, un mensaje donde se ocultaba un: —¡Hola! Sigo aquí…—.
          
Esta vez solo pasaron unos meses cuando de nuevo le mandó un mensaje: —¿Te viene bien quedar un día para comer y charlar?—. Mensaje que obtuvo respuesta en menos de un minuto: —Buscamos día y comemos por aquí—.
          
Desde entonces y pese a que desconozco el desenlace de esta historia que empezó hace casi seis años, han decidido no huir más.
          
Quizás cuando hayas terminado de leer esta historia Roberto y ella se hayan encerrado en la habitación de un hotel con la firme decisión de por una vez en la vida no frenar, o tal vez sea que este relato esté escrito por dos personas o quizás sea el resumen de la vida personal de dos escritores, amigos y ahora…¡A quién le importa lo que sean ahora!

          
Lo único seguro es que seguirán siendo amigos, confidentes y sobre todas las cosas “escritores”.  ¡Feliz Sant Jordi!

Eva Mª Maisanava Trobo

Una estúpida enamorada



A él le quiero
y a ti no sólo te quiero,
sino que además te deseo.

Con él convivo
y sin embargo por ti vivo.

Él es mi obligación 
y tú, mi amor, mi pasión,
mi verdadero deseo.

Él es mi realidad
y tú mi mejor sueño.

A su lado respiro
y sin tí me falta el aire,
siento que muero.

Él es mi compañero
y tú mi verdadero dueño.
A su lado despierto,
llorando y agitada
al saber que eres un sueño
y yo, una estúpida enamorada.



22:43 18/04/2019


De la amistad al amor.



La amistad hacia una mujer nace
cuando al mirarla a los ojos 
no has de pronunciar palabra,
para saber lo que siente
en lo más profundo de su alma.

El deseo comienza
cuando al mirarla
besas sus labios 
con solo una mirada.

El amor comienza
cuando sin querer celas
imaginando lo que nunca fue 
y sólo pasó en tu mente.

El hombre que en verdad ama,
no deja de hablar con la mirada,
de besar con los ojos
y de acariciar con las palabras.

Si en verdad te importa 
no quieras arrancar sus alas
ni controlar su vida,
deja que sea niña en ocasiones,
y amala para se sienta mujer
solo entre tus brazos.




21:53 15/04/2019

El problema


El problema no es querer,
sino que aún con todo te quiero.
El problema no es el amor,
sino que pese a todo te amo.

El problema no es desear,
sino que aunque no deba te deseo.

El problema no es que te quiera,
sino que tú me quieras.
El problema no está en una mentira,
sino en ser estúpidos y engañarse.

El problema no es que estemos casados, 
sino que aún así nos amemos.




Te amo
00:07 29/03/2019

Eva María Maisanava Trobo

Porque eres tú ese hombre



Porque eres tú ese hombre
que aún en la distancia 
se adueña de mi sueños.

Porque eres ese amante
que con sólo su mirada
me hace volar sin tener alas.

Porque la cicatrices en nuestros corazones, 
son batallas peleadas que decidimos sanar con nuestros besos.
Porque lo que tenemos es sólo nuestro
y todo lo demás una burda falsa.



12/03/2019 0:02