domingo, 15 de septiembre de 2019

Sola a la orilla del mar.


Ni todos los jinetes
que dicen serlo, lo son.
Ni todas las yeguas,
tienen la misma cabalgada.

Algunas necesitan
un caminar, lento, al trote.

Otras, necesitan
que todo sea rápido y al galope.

Más otras... ¡Ay! Amigo...
Están todavía sin domar,
difíciles y casi imposible de montar,
sino es con mucho mimo, tacto,
paciencia y saber estar.

Pero teme a esta última,
que de osar a querer montarla,
de seguro, tu vida cambiará.

Ya que nació para escoger a su jinete,
y de no encontrarlo,
galopará sola a la orilla del mar...



Eva María Maisanava Trobo


sábado, 7 de septiembre de 2019

El regreso de Giselle. Capítulo IV. El amanecer.

Fueron sus labios los que de una manera suave acariciaron los míos, despertándome de una noche de pasión. Aunque me sentía completamente feliz, no dejaba de sentirme culpable. Desde que tuve a mi hijo, ni una sola mañana había amanecido lejos de él, y mucho menos con un hombre.

Ya ni recordaba la maravillosa sensación que era el despertar desnuda y al lado de un hombre después de haber hecho el amor.

Mis recuerdos eran muy distintos, más gélidos sin lugar a duda...

Había estado en las mejores suites de los más prestigiosos hoteles, con las mejores atenciones, con mi botella de Moët & Chandon, mis perfumes, todo lo que yo quisiera a mi disposición y sin embargo a excepción del tiempo que estuve con Musa, todos los trabajos eran iguales. Con educación, respeto y saber estar, pero desde luego que fríos, muy fríos.

Aunque bien es cierto que pocas veces eran las que llegaba a subir a la habitación, ya que mi presencia era más requerida como acompañante para asistir a comidas de empresa, fiestas, cócteles, photocalls, etc...

Me llegué a mover casi siempre con los mismos clientes. ¡Ay! Si yo hablase…

Tal vez algún día os llegue a contar el por qué tomé la decisión de dedicarme a ese mundo tan seductor como peligroso, tan emocionante como frío. La verdad es que me desenvolví bien. Y lo mejor sin duda fue conocer al padre de mí hijo, a Davinia y porque no decirlo a Roberto. Nunca me imaginé que fuese tan fogoso a la par que tierno en la intimidad. Le tenía como un hombre frío de negocios, y sin embargo cuando me besó por primera vez, mi cuerpo experimentó un temblor al que no estaba acostumbrada.

Y aunque he de confesar que tengo miedo, necesito saber a dónde me va a llevar esta sensación.

Cuando salí del baño, la señora de la limpieza ya había hecho la habitación y Roberto se había encargado de dejarme en la cama el desayuno. Ya me dijo la tarde anterior que tenía en el banco una reunión. Hacía mucho tiempo que no me sentía así, feliz, llena, pero con un ápice de temor a que tanta felicidad se fuese tan rápidamente como me pasó con Musa. Que ni tan siquiera pude decirle que estaba esperando un hijo suyo…

Tarde o temprano, Abrahán, conocería la verdad y entonces llegaría el momento de hacerle saber que tiene dos hermanos. 

Fue al levantarme de la cama y al ir a coger el móvil que había dejado en silencio desde la tarde anterior, cuando me di cuenta de que Roberto me había dejado una rosa con una nota. 

         
Giselle:
           
Nunca tengas miedo a ser feliz, nunca te arrepientas de haberte querido sentir viva. Porque si vives constantemente con miedo, huyendo de lo que tu corazón te dicta, cuando te quieras dar cuenta… ya apenas te quedará tiempo para vivir intensamente y entonces… te acordarás de estas palabas y de que el haber estado a la defensiva solamente te sirvió para hacerte daño a ti misma y de alejarte del camino de la felicidad.

Vive la vida como si no fuese haber un mañana.

No puedo prometerte un futuro, pero si puedo lograr que tu vida esté llena de momentos inolvidables…

Roberto


Leer esta pequeña nota hizo que mis ojos se humedecieran de felicidad. Ya sé que me repito mil veces, pensaréis, pero… hace tantísimo tiempo que no me sentía así.

Llamé a Davinia para poder hablar con mi hijo, echaba tanto en falta escuchar esa voz que durante siete años de mi vida me despertaba… y que hoy, al no escucharla, hizo que me sintiese completamente sorda.

—¡Mamá! ¿Estás bien?, es la primera vez que al despertar está mamá Davinia, pero tú no. ¿Me estás castigando por algo? ¿Hice algo mal? ¿Ya no me quieres? —.

—Mi amor… Cómo puedes decir algo así cuando eres lo mejor que me ha pasado en la vida. Eres mi ilusión, mi motor, mi fuerza… Tenía que hacer unas cosas y no me daba tiempo a poder pasar la noche contigo y contarte el cuento como siempre, pero esta noche, si quieres, pedimos una pizza y vemos una película de Disney.

—¡Sí, mamá, sí! Además, tengo que contarte una cosa, ¿sabes?

—Dime, vida. ¿Qué tienes que contarme?

—Esta noche al no poderme quedar dormido, mamá Davinia y yo, hemos montado un puzzle. ¡Nos ha quedado muy bonito! ¿Lo puedo poner en la habitación, mamá?

—¡Pues claro!


Cuánto había cambiado mi vida con la llegada de mi hijo, hasta tal punto que estoy convencida de que, si decido publicar esta parte de mi vida, de mi historia, como hice la anterior vez, no venda tanto. Es una pena que la gente solo se haya quedado en las escenas eróticas. —¡Por nada del mundo cambiaría mi vida por la de antes! Mi hijo está por encima de todo—.

Después de finalizar la llamada, cogí una hoja y la pluma que Roberto había dejado en la mesa y le dejé una nota.


              
En contestación a tú nota tengo que decirte que jamás he tenido miedo a ser feliz, puesto que ya lo soy, Roberto. Mi hijo, es mi mayor felicidad.

Jamás me arrepentiré de lo que ha sucedo, aunque has de entender, que no soy esa Giselle que conociste hace años. Al no ser padre, te costará comprenderlo, pero si algún día lo eres, sabrás que un hijo es la mayor prioridad en tu vida.

En lo que si tengo que darte la razón es en que vivo con miedo. ¡Si! Roberto, cierto.

Pero cuando alcanzas la felicidad y la pierdes de una manera abrupta, concederte el privilegio de ser feliz, es algo que, aunque no quiera, me da miedo.

Quiero vivir la vida intensamente, pero con cabeza. Soy madre, no lo olvides.

Pero como todo en la vida, organizándote, es compatible. El amanecer en tus brazos me ha hecho ver la vida desde otro prisma.

No necesito que me ofrezcas un mañana, me basta con que me prometas que cada día que nos veamos, hagas de ese día, un día diferente a los que en el futuro nos podamos ver.

Esta noche cenaré con mi hijo. Espero tu llamada.

   Giselle            




Antes de ir a mi casa, me pasé por donde vivía Davinia para recoger a mi hijo.


Hay muchas mujeres que ambicionan tener en su cuello la mejor joya del mundo, la mismísima perla peregrina, y sin duda alguna, la mejor joya que yo tenía, en ocasiones, colgada de mi cuello, era ese abrazo de mi hijo Abrahán. Sus brazos rodeando mi cuello era mi mejor joya. 


Davinia y yo nos miramos con esa mirada cómplice de tantos años.


—¿Estas bien, Giselle?— Me preguntó con ternura.


—¡Sí, Davinia! Hace mucho tiempo que no me sentía así.


Me gustaría haberla podido contar todo lo que me había pasado. Todo lo que había sentido al lado de Roberto. Pero, sin querer, posiblemente la hiciese daño.

Nos despedimos de ella, y nos fuimos a nuestra casa.

Por fin, después de mucho tiempo tenía todo lo que tanto anhelaba. El amor de mi hijo, y lo que estaba empezando a ser un sentimiento de amor hacía un hombre…

Reconozco que me daba miedo y mucho. Pero estaba dispuesta a asumir todos los riesgos. Tal vez solamente sería una aventura, pero por una vez en la vida alguien quería estar a mi lado sin importarle mi pasado, mi profesión de escorts. 

Ya ni recuerdo cuando fue la última vez que disfruté de un baño de espuma con mi hijo, pero era algo que me encantaba hacer. Mientras que chapoteábamos con la espuma, nuestras risas sin sentido hacían de ese momento, un momento mágico, único.

Cuando saqué a mi hijo de la bañera, para envolverle con su toalla, se abrazó a mi como hace mucho tiempo que no lo hacía. Y es que mi niño, estaba creciendo más rápido de lo que yo quería. Sé que era ley de vida, pero tan injusto…

El próximo veinte de septiembre, mi hijo, cumplirá 7 años. Y aunque fuese una locura me estaba apeteciendo ser madre de nuevo, darle un hermano/a mi hijo era un idea que con más fuerza que nunca quería materializarla. Lo que me recordaba que tenía que ir al ginecólogo. Llevaba años sin tomar ningún tipo de precaución, porque no lo había necesitado y después de haber estado con Roberto, mi visita, quizás tenía más sentido que nunca...

viernes, 9 de agosto de 2019

Quisiera…






Quisiera no quererte,
pero te quiero.
Quisiera no sentir esto,
pero lo siento.
Quisiera besarte,
más no debo hacerlo.
Quisiera despertar a tu lado,
pero no puedo.
Y aunque quisiera 
no haberlo escrito,
ya es tarde.
¡Y lo peor de todo!
Es que lo has leído,
te quiero, 
y tú, lo sabes…
Y aunque quisieras,
no haberlo leído…
A tu manera, 
también me quieres, 
y tú mejor que nadie,
lo sabe.


Eva Mª Maisanava Trobo



martes, 30 de julio de 2019

Reseña de Escorts, una semana en París, por Orlando Lorenzo Calderón.



Comencé la lectura de la novela con la idea de que ante mi se iba a presentar una historia en que la protagonista iba a vivir situaciones llenas de lujo, pasión, erotismo, más o menos explícito, sobre ese tema no me había creado expectativas, y que en algún momento la historia tendría un giro hacia la intriga o la acción.

Y la verdad es que no me equivoqué mucho, por no decir que nada, en la novela hay de todo eso. Y aún así, la obra me sorprendió y mucho.


—¿Y qué es lo que me descolocó?—. El profundo trasfondo moral de la novela que deja en segundo plano o incluso más atrás casi como una simple escusa la temática erótica. La obra pretende hacernos pensar, o al menos a mi me hizo pensar en qué es lo realmente importante de la vida.

—¿Lo es el dinero?, ¿lo es la posición social?— Es bastante probable que la respuesta que nos venga a la cabeza sea un no. —¿Lo son las convicciones morales? ¿Los valores aprendidos de nuestros padres?—. Ahí, probablemente a más de uno le surjan las dudas. Lo que nos deja claro la autora es que lo realmente importante en la vida es al amor. El amor a la familia, a los amigos, a la pareja y llevado al extremo al género humano en su totalidad.

Y esto es lo que me sorprendió de la novela, sin pretender hacer ningún spoiler, Escorts una semana en París, es la trepidante historia del último servicio de la mejor escort de Madrid que cambiará su vida y la de los suyos para siempre. Un viaje por las emociones de una mujer que lo ha vivido todo o eso al menos es lo que creía.

Narrado con un estilo ágil y sin concesiones a las florituras innecesarias Escorts una semana en París lo leerás de un tirón y créeme que no te dejará indiferente.

Orlando Lorenzo Calderón

lunes, 24 de junio de 2019

El regreso de Giselle. Y sin darme cuenta llegó el 16 de junio.


Las horas se hacían eternas hasta que vi entrar a mi hijo Abrahán por la puerta. Se le veía tan feliz al lado de Davinia que llegué a plantearme si el haber roto la relación con ella había sido lo más acertado.

Pero cierto es que eran ya muy continúas las discusiones que ambas teníamos. Y que mi hijo se criase en un ambiente en ocasiones bastante tenso no me parecía lo más oportuno.

Han sido muchas las veces en las que me he planteado como hubiera sido mi vida al lado de Musa y sobre todo la de mi hijo. Es cierto que había crecido en un ambiente feliz y estable. Pero me daba miedo el día en el que más tarde o temprano me hiciera más preguntas sobre su padre. Nunca le mentí y sabía que estaba muerto.

Recuerdo como si fuese ayer cuando al contárselo me dijo: —Entonces… Papá, ¿está en el cielo? ¿Algún día podré hablar con él y verlo?—. Nunca pensé que siendo tan niño me hiciese preguntas tan profundas.

Cuando los domingos le llevaba para que jugase al fútbol con sus compañeros de clase y me decía: —Mamá, ¿qué diría Papá al verme jugar? ¿Se sentiría orgulloso de mí?—.

Estas preguntas os aseguro que formuladas por un niño que todavía ni había hecho la comunión, sin que él lo supiera, me apuñalaban las entrañas. Y lo más penoso de todo es que no sabía que contestarle. En esos instantes, mis lágrimas, resbalaban incontroladas por mis mejillas.

Cuánto no daría por poderle devolver la vida a su padre y que con él compartiera esos partidos de fútbol… porque por más que Davinia y yo intentamos que no echase de menos la figura de un padre, era imposible evitarlo, mi hijo, necesitaba un padre.

—¿Qué tal os lo habéis pasado?—, les pregunté.
—Mamá Davinia me ha llevado al cine y… ¿sabes qué? ¡Me ha comprado palomitas!— Ver esa cara de felicidad con esos ojos tan brillantes me hacían sentir la mujer más feliz del mundo.

Aunque en esos instantes me sentía sin duda completamente dichosa, ya que mi hijo había conseguido que como mujer me sintiera realizada. Pero en lo más profundo de mi ser, no dejaba de sentirme sola, vacía…

No sé si tenía tan claro lo que quería, como lo que necesitaba, y lo que anhelaba era sentirme mujer, amada y deseada…

Davinia se había despedido de mí con un par de besos y se marchó. Hasta dentro de dos semanas no le tocaba volver a ver a mi hijo.

Como cada noche después de bañar a mi hijo y antes de que se durmiera le contaba un cuento. Cuando por fin conseguí que se quedase dormido, le miré embobada. —¡Cada día se parecía más a su padre—.

Cuando salí de su habitación —dejé la puerta entornada para poderle escuchar por si le sucedía algo— me dirigí a mi habitación. No tenía ganas de recoger la cocina y aunque soy bastante maniática para el orden y la limpieza, las ganas de abrir el diario y seguir escribiendo en él, eran más poderosas.

Me encontraba sentada en la silla frente al escritorio que tenía en mi habitación, cuando en ese instante el sonido que procedía del ordenador me anunciaba un mail nuevo en mi bandeja de entrada.

Me apresuré en abrirlo y era del Sr. Rodríguez, los días habían pasado tan rápidamente que ni me había percatado de que en una semana sería el día en el que me citó para vernos.

Hace años al recibir un mail de un cliente no me causaba ninguna sensación, mi profesionalidad en ocasiones me llegaba asustar, y sin embargo ahora… no sabía deciros si era miedo, respeto o deseo. Pero tenía claro que no podía dar marcha atrás.

Aunque no acertaba a manejar el ratón porque me temblaba el pulso, al final conseguí poder abrir el mail para poder leerlo.
  

Querida Giselle;

Como le prometí le escribo a una semana de nuestro encuentro. Encuentro que siento que va a cambiar nuestras vidas.

Aunque todavía sigo consternado al no llegar a entender el por qué se puso de nuevo en contacto conmigo, intento no darle más vueltas, ya que lo importante sin duda es que lo hizo.

Me dijo que nos citásemos en Crowne Plaza, pero Giselle…el nuevo hotel ni llega a ser la mitad de lo que en su día fue del que estaba situado en la Plaza de España. Ahora es más moderno, más cercano al aeropuerto, pero lejos… muy lejos de aquel maravilloso hotel.

¿Por qué citarnos en un hotel, Giselle? Tengo ganas de verla, de hablar con usted y para eso no necesito que estemos encerrados en una habitación. Un poco frío, ¿no cree?

Entiendo que ahora sea mi respuesta la que le contraríe y le aseguro que no es falta de interés hacia su persona, más todo lo contrario, quiero conocerla, quiero que me hable de su vida, que me cuente que ha hecho en todos estos años. Empecemos por eso y lo que tenga que ser, si tiene que ser, será.

La espero en la calle de la Rosaleda a las 19:30 de la tarde. Venga con ropa cómoda, deje a un lado su profesión y permítame conocer a la mujer, a la verdadera Giselle Bayma.

Sin más, me despido, ansioso de que llegue el día en el que por fin pueda apreciar su belleza en persona.


            Siempre suyo
            Roberto


La verdad es que después de leer el mail del Sr. Rodríguez he de reconocer que me dejó bastante contrariada.

Durante años había estado solicitando mis servicios y ahora que el destino le brindaba la oportunidad de hacerme suya, me encontraba con que solamente quería conocerme.

No puedo negar que esas palabras me extrañaban. Yo que hasta ahora tenía claro que lo que necesitaba era sentirme viva, ahora comenzaba a dudarlo, y tal vez lo único que en verdad quería era no seguir sintiéndome sola, vacía…

Y sin darme cuenta llegó el día dieciséis, día en el que al final nos veríamos.

Llamé a Davinia y le pedí que se llevase a Abrahán a pasar el día con ella, aunque por fecha no le tocaba.

Habíamos quedado a las 17:00 para que lo recogiera y se lo llevase. Cuando mi hijo me preguntó que a dónde iba, no supe que contestar, ya que me parecía demasiado temprano como para hablarle de la que en su día fue mi profesión. Una verdad que tenerla que callar me envenenaba día a día cada vez más.

Davinia con esa mirada escrutadora que le caracterizaba, me preguntó en silencio si estaba bien, si me sucedía algo… Me abracé a mi hijo, después a ella y me dirigí al interior de mi casa, después de asegurarme de que la silla que llevaba Davinia en el coche para mi niño estuviese bien asegurada.

El miedo sin saber porqué se iba apoderando por momentos de mí. Aparentemente lo tenía todo o eso era lo que parecía de cara a los demás, sin embargo, sentía la necesidad de respirar.... Lo que me frenaba es que ahora no tenía la frialdad de entonces, ahora me sentía bastante vulnerable. —¿Y si de nuevo volvía a enamorarme? ¿Y si era en verdad eso lo que necesitaba?—

Vivía al lado de la rosaleda, por lo que no necesitaba coger ningún taxi como antaño hacía para acudir a ninguna cita de trabajo.

Iba vestida como realmente quise hacerlo años atrás cuando decidí alejar de mí esa imagen de mujer frívola. Llevaba puestos mis vaqueros favoritos, una camiseta de palabra de honor de color negro y una fina chaqueta de hilo que color azulón que sin duda alguna resaltaba el color de mis ojos, y mis queridísimas zapatillas de deporte.

Conforme me iba acercando al lugar donde nos habíamos citado, las pulsaciones, iban aumentando. El miedo a lo desconocido es algo que a día de hoy me seguía atrayendo sobremanera. No me había parecido bien el que me hubiese citado en un sitio tan cercano a mi casa, siempre podía haber alguna vecina a la salida del colegio y que sin querer su hijo le dijese algo al mío. —Ya se sabe que los niños son las personas más sinceras del mundo— ¡Lástima que esa sinceridad con los años desaparezca!

Hace años no tenía la necesidad de tener tanta cautela y sin embargo ahora, toda precaución era poca.

—¡Cuántos años sin verte, Giselle!— me decía mientras cogía mi mano para llevarla hacía su boca para besarla.
—Sin duda, Sr. Rodríguez. ¡Mucho tiempo!
—Por favor Giselle, deje de tratarme de usted, me llamo Roberto y me gustaría que me llamase por mi nombre.
—Será complicado. Ya sabe que yo…
—¡No!, no sé nada. Tan solo sé que acabo de verla y toda su vida profesional anterior es como la vida personal de cada uno, privada, y en estos instantes parte del pasado.


Cada vez me desconcertaba más su actitud. Estaba acostumbrada a que todo fuese de una manera más rápida y directa en cada servicio. Todo esto… no dejaba de sorprenderme.

Me cogió de la cintura y fuimos paseando hasta llegar al Templo de Debod. No recuerdo haber visto un atardecer tan maravilloso. Me sentía rara, hacía años que nadie me cogía por la cintura al caminar, a excepción de Musa. Esa sensación me hizo sentir rara, diferente si cabe, pero completamente agitada por el recuerdo de una sensación ya casi olvidada.

Apenas hablaba, como siempre, estaba acostumbrada a escuchar y aunque quisiera alejarme de mi profesión, no podía. El escuchar siempre me daba más pistas sobre la vida de la persona que tenía frente a mí.

Al regresar me cogió de la mano al caminar, como si de un acto reflejo se tratase, la aparte de la suya.

—Giselle, ¿te encuentras bien?… Notaba cierta tristeza en su mirada al pronunciar estas palabras.
—¡Sí, no sé… supongo! Apenas pronuncié estas palabras con un hilo de voz.

Estaba completamente nerviosa y hasta notaba que las piernas me temblaban. Hace tantos años que no me cogía un hombre de la mano, me sentía completamente desconcertaba a la par que deseosa.

—¡Tranquila! ¿Quieres que te lleve a tu casa? Me dijo mientras que me besaba en la frente.
—¡No! Se me pasará. Hace tanto tiempo que yo…
—¡Hace tanto tiempo de qué, Giselle!
—De quedar con un hombre a solas. Cuando murió Musa, mi vida, fue la de mi hijo. Todo lo que he hecho hasta ahora ha sido por y para él, hasta tal punto que me olvidé de mí, de lo que yo sentía, de lo que yo necesitaba. —Las lágrimas rodaban incontrolables por mis mejillas—. Y no dejo de sentirme culpable, hasta mezquina y mala madre por estar aquí Roberto. Pero yo necesito…
—Sé que necesitas, lo sé desde el minuto cero, Giselle. Rompe la coraza, vence tu miedo, se tú misma y así te quitarás de encima ese lastre que te lleva mortificando desde hace tanto tiempo.

Sin saber cómo en ese instante los nervios se fueron o estos tal vez fueron los que hiciera que comenzase a quitarme de encima la coraza que durante tanto tiempo llevé puesta.

En ese instante me abracé a él,
comencé a llorar,
a vaciarme por dentro,
a expulsar toda la rabia que me consumía
y que me quemaba por dentro.
Dejé de luchar,
me dejé llevar,
me dejé querer,
me arrulló entre sus brazos
y me sanó con sus besos.
Y ya no era yo, sino éramos...

Cuando sus labios se separaron de los míos. En éstos se habían dibujado una sonrisa. Ya caminando de la mano, sin tener ninguna sensación extraña, nos dirigimos hacia su coche.

Durante todo el trayecto hacia su casa apenas hablamos, pero sí nos intercambiamos unas miradas cómplices. De nuevo volvía a tener a mi lado a una persona con la que apenas tenía la necesidad de hablar, ya que hasta en silencio nos entendíamos.

Solamente entrar en su casa. Me besó apasionadamente. Beso, al que correspondí con la misma pasión. Me cogió en brazos y me llevó hasta la cama. Y una vez allí, me desvistió como hace tiempo nadie hacía. Sentí sus labios acariciando cada centímetro de mi piel. Mis pezones se endurecían al sentir como los mordía. Siguió besando mi vientre y en ese instante separó mis piernas delicadamente, dejando mi sexo abierto ante él y una vez allí, sentí su lengua jugueteando con mi sexo hasta que sentí que mi clítoris comenzaba a palpitar. Me estremecí, grité, pedí que no parase… Hasta que sentí desfallecer de placer…



Y sin darme cuenta llegó el dieciséis de junio, fecha en la que al final logré sentirme como hace tanto tiempo no me sentía. Mujer, amada, deseada y después de mucho tiempo… viva.



Escrito por:
Eva Mª Maisanava Trobo



miércoles, 5 de junio de 2019

En forma de balas.






Nunca imaginé que esto me sucedería
Hace años le prohibí a mi corazón volver amar
¿Y qué le ha sucedido?
Qué sin yo quererlo, mi corazón, se ha vuelto a enamorar.
Y lo deplorable es que ya se lo advertí hace tiempo
pero aun así… nunca me ha querido escuchar
y es por eso que hoy siento, lo que siento.

Nunca te he visto y sin embargo te conozco.
No debo quererte, pero te… quiero.
No debo amarte, pero… te amo.
No debo desearte, pero… te deseo.

Y ojalá lo que mi corazón siente fuese solo una ilusión,
pero hasta en mis sueños te haces presente
y eso, te aseguro que me causa una gran desazón.

No debería escribir lo que siento
más te aseguro que no soy yo quien escribe,
quien me dicta cada palabra es mi corazón
y no puedo, ni debo, quitarle la razón.

No sé ni cómo, ni cuándo sucedió.
Pero mi corazón ha sido tocado
por las palabras en forma de balas
disparadas, sin querer, por un francotirador.

Prometí que yo nunca te dejaría
Pero sino lo hago, no sé que será de mi vida.
¡Y es que se lo dije a mi corazón!
No te enamores de un hombre, sino del amor.
Pero de nuevo no me escuchó
No solo se enamoró del amor
sino que lo hizo del hombre que habita en tu interior.




Eva Mª Maisanava Trobo
05/06/2019


Y ya no era yo, sino éramos...



Me abracé a él, 
comencé a llorar, 
a vaciarme por dentro, 
a expulsar toda la rabia que me consumía
y que me quemaba por dentro.


Dejé de luchar, 
me dejé llevar, 
me dejé querer,
me arrulló entre sus brazos
y me sanó con sus besos.

Y ya no era yo, 
sino éramos...


"Dos amigos enamorados del amor
y cómplices de aquél momento"





Eva 
04/06/2019

viernes, 26 de abril de 2019

Escorts: Giselle, permitame hacerla el amor.



Eran las ocho de la mañana y me encontraba en la cocina preparando el desayuno a mi hijo, hoy le había dado el día libre a la asistenta. Abrahán había pasado mala noche, y no quería que fuera al colegio encontrándose mal. —¡Cómo me dolía cada vez que enfermaba!—. Aunque realmente desde que salió de mis entrañas ya no he vuelto a saber qué es vivir tranquila, y mucho menos a dormir de un tirón. Con cada suspiro me desvelo, incluso a veces me despierto sólo para verle. Jamás pensé que se podría llegar a querer tanto a alguien como le quiero a él. Y es que gracias a la maternidad me he dado cuenta de que solo él es el amor de mi vida, y todos los demás meros sucedáneos.

Aunque Davinia y yo habíamos dejado la relación, era tanto el afecto que mi hijo sentía por ella, que hasta decía que era su segunda mamá y para no hacerle daño al niño habíamos establecido un régimen de visitas. Y hoy le tocaba a ella estar con Abrahán. Sentía un nudo en el estómago, mi hijo, crecía por días y yo sin querer me imaginaba mi vida el día de mañana sin él, y estar sola es algo que no me gustaba. —Era la primera vez en mi vida que sentía miedo. ¡Sí!, la soledad me da miedo—.

Acababa de terminar de hacer el desayuno, cuando Davinia llamó al telefonillo.

Seguía siendo esa mujer espectacular que me cautivó desde el día en que formó para ser una de las mejores y más cotizadas profesionales de Madrid. Su pelo moreno, sus ojos verdes, sus pechos, todo en ella me seguía seduciendo. Todavía la deseaba, aunque nuestra forma de ser era la que se había encargado de que tomásemos la decisión de dejar la relación, pero… qué no hubiera dado por besarla de nuevo.

—Davinia, ¿por qué no has abierto con las llaves?—la dije mientras que nos dábamos un par de besos.

—He cambiado de bolso y me las he dejado en el otro. ¿Qué tal Abrahán? ¿Cómo se encuentra?

—Mejor. La cena de ayer no le sentó bien, pero ya está mucho mejor. Espera que subo avisarle.

—Giselle, espera, yo…

Cuando me quise dar cuenta los labios de Davinia estaban posados sobre los míos. Nos empezamos a besar como si fuera lo último que fuésemos hacer en la vida. Me indicó que me sentase en la mesa de la cocina y una vez allí, se encargó de levantarme el camisón que llevaba dejando mis senos al descubierto. De nuevo volví a sentir la maravillosa sensación de sentir sus labios sobre mis pezones y su lengua traviesa haciendo que me excitase cada vez más… Nadie, ni Musa, ni ningún cliente, eran capaces de con tan solo excitar mis pezones llevarme al clímax. —¡Cuánto la deseaba!—.

En ese instante sonó la voz de mi hijo.

—¡Mamá! ¿Ha venido ya Davinia?

El tener un hijo de siete años es lo que tiene, que cuando menos te lo esperas escuchas esa vocecilla que hace que vuelvas a la realidad. Davinia y yo nos miramos cómplices y soltando una carcajada a la vez. Me bajé de la mesa, me puse el camisón rápidamente y subí a por él a la habitación.

Cuando los vi montarse en el coche y ver como se alejaban, el vacío y la soledad se apoderan otra vez de mí. Los años pasaban tan rápido que desearía tener el poder de parar el tiempo para que mi hijo siempre estuviese a mi lado, pero era y es ley de vida verle crecer y con el tiempo… alejarse de mi lado.

Todavía no había recibido contestación al mail que le mandé al Sr. Rodríguez y a estas alturas ya estaba convencida de que ni tan siquiera lo habría leído.

Aproveché las escasas horas en que iba a estar sola porque me venían muy bien para pensar… Decidí tomar un baño de sales que tanto me relajaba. Cuando me desnudé y me observé ante el espejo comencé a llorar. La maternidad había hecho mella en mi cuerpo, mis pechos ya no estaban tan firmes, ni eran tan tersos y mi vientre estaba lleno de estrías. Nada quedaba de ella belleza insultante y arrolladora que tenía hace siete años. Pero cuando recordaba la sonrisa de mi hijo, nada de eso me importaba. Ahora con casi cuarenta y tres años me sentía más segura y más mujer que nunca, pese a no tener la belleza que antes tenía.
        
Todavía aún sentía en mis pezones la sensación de los pequeños mordiscos que Davinia me
produjo antes de que mi hijo llamase con su voz nuestra atención. Llevaba tanto tiempo sin sentir verdaderamente placer desde que fui madre que cualquier caricia por superficial que fuese me hacía estremecer. Era tanta la necesidad de sentirme viva, de gemir como solo entre los brazos de ella lo conseguía, que no pude evitar acariciar mi clítoris sintiendo como se endurecía, mientras que las pulsaciones se me iban acelerando y con ellas mi respiración entrecortando. Necesita de nuevo sentir el temblor de mis piernas, y la sensación de morir para después renacer sintiendo de nuevo el placer. Cada vez iba aumentando la velocidad del movimiento de mis dedos, curvándolos lo suficiente para tocar mi zona más placentera y en ese instante el flujo de mi interior se mezcló con el agua tibia de la bañera y así me quedé un buen rato, convulsionando sin poder controlar el temblor de mis piernas. Morir, para después renacer… 
           
Al salir del baño. Me dirigí al estudio, de nuevo necesitaba escribir en mi diario, cuando en ese instante un sonido que procedía de mi ordenador me llamó la atención.
          
Había recibido un mail del Sr. Rodríguez:

Apreciada Giselle;

Cierto es como bien dice que han transcurrido muchos años desde que supe que se fue de la agencia, al igual que también es cierto que durante mucho tiempo estuve preguntando por usted. Es complicado, casi imposible diría yo, encontrar a una profesional como usted, pues lo reúne todo. Me siento halagado a la par que sorprendido al no llegar a comprender el por qué ahora quiere verme, sinceramente no llego a entenderlo. Claro que sabe que la deseo Giselle, ¡qué hombre no la desea!

Usted sabe que en la vida hay situaciones en las que uno tiene sed y necesita dar un trago rápido sin apenas saborear lo bebido, pero… Giselle, usted sabe que es algo más que un sorbo rápido, a usted hay que saborearla lentamente y despacio.

Comprenda que ha irrumpido en mi vida después de tantos años y que ya tenía agendada reuniones interminables pero beneficiosas para mi empresa que no puedo eludir.

Giselle, permítame hacerla el amor aunque sea una sola vez en la vida.

El próximo dieciséis de junio estaré en Madrid. Me pondré en contacto de nuevo con usted una semana antes para indicarle donde nos reuniremos.
          
Hasta ese día soñaré despierto con sentir su respiración al compás de la mía.
         

          Siempre suyo,
          Roberto


Escrito por:
Eva Mª Maisanava Trobo