jueves, 19 de abril de 2012

Pasión turbulenta


Era una tarde de Octubre, aproximadamente las 7:30 de la tarde, salía del trabajo y me dirigía a tomar el autobús, cuando de repente sentí que alguien me atravesaba con su mirada.                        
            
Me di la vuelta y era él, el hombre de mis sueños: alto, moreno y con actitud tranquila, tal y como a mí me gustaban los hombres.
           
Me dirigí segura de mí misma hacia él, cuando de repente, sentí como sus ojos se posaban en mis labios, mirándolos y deseando besarlos; solamente pensar eso, fue como si él hubiera podido leer mi pensamiento.
           
Me abrazó fuertemente contra él, pudiendo sentir cada músculo de su cuerpo, fue entonces cuando poco a poco empecé a sentir su respiración agitada y su aliento ya se estaba acercando a mis labios. Nos fundimos es un beso apasionado, que nos hizo perder la noción del tiempo.
           
Cuando dejamos de besarnos, él me dio un ramo de flores silvestres, como queriéndome decir que cada vez que mirase aquellas flores me iba acordar de aquel beso.
           
Después de lo que pasó, me miró a los ojos y me dijo que si quería ir a dar una vuelta con él.
           
No dudé ni un solo instante, pues estaba muy segura de mí misma, nos montamos en su coche y durante el camino apenas intercambiamos algunas palabras.
           
Cuando llegamos, me dirigí hacia él y de nuevo nos volvimos a besar, pero esta vez no con tanta pasión, pero resultó igual de bonito.
           
Nos cogimos las manos, (tenía las manos muy calientes), yo las tenía totalmente frías, nos fuimos a llamar por teléfono desde una cabina, ya que yo tenía que avisar a mi familia de que llegaría más tarde a casa, cuando terminé de hablar él también llamó a su casa.
           
Cuando dejó de hablar por teléfono, nos metimos en el cuarto de baño de un Burger King, ya que cada uno de nosotros necesitaba relajarse.
           
Más tarde nos volvimos a dirigir hacia su coche, yo confiaba en él (como si lo conociese de toda la vida) y no le pregunte a donde me llevaba.

Estaba temblando, aunque en el fondo quería saber a donde me llevaba y lo que podría ocurrir entre nosotros.
           
Cuando paró el coche, miré a los alrededores y me di cuenta de que ese lugar se trataba de un descampado y que estaba lejos de la contaminación y del bullicio de la gente de la ciudad.
           
No sabía porqué me había llevado allí, pero de lo que estaba totalmente segura, era de que el destino estaba enterado de todo.
           
Estuvimos los dos un rato en silencio, cuando de repente me di cuenta de que los asientos del coche estaban reclinados hacia atrás.
           
¡Dios mío!, mi cuerpo estaba temblando, ya que sabía y desconocía lo que iba a suceder.
           
Los dos nos dejamos llevar por lo que sentíamos y nos abrazamos, cayendo encima de los asientos tumbados.
           
Nos besamos hasta que nos quedamos con la boca seca, luego sentí como su mano temblorosa acariciaba mi cuerpo, hasta llegar a mi blusa, donde pausadamente fue desabrochándome los botones, con la misma delicadeza que un niño quita los pétalos a una margarita.
           
Poco a poco me fue desnudando hasta que, cuando estaba desnuda delante de él, me besó en la mejilla diciéndome que me iba a amar como ningún hombre me había amado.
           
Aunque traté de disimularlo, no pude evitar derramar una lágrima, él se dio cuenta y me besó quitándome la lágrima y me dijo:

 - “Te quiero y Te deseo”.
           
Ante esas palabras suyas ya estaba segura de lo que iba a ocurrir.
           
Entonces cerré los ojos y cuando él me besó su cuerpo estaba totalmente desvestido y sobre mí.
           
Fue entonces cuando poco a poco, me sentí como lienzo que se entrega a las manos de un pintor, pintando así el tesoro más preciado de mi vida, un tesoro que desaparecía poco a poco, pero que siempre quedaría en mi recuerdo la tarde-noche de aquel maravilloso día.
           
La noche acariciaba nuestros cuerpos cansados y casi consiguiendo que la acompañásemos en su anochecer.
           
Desgraciadamente no pudo ser así, ambos teníamos que trabajar al día siguiente.
           
No teníamos fuerzas para hablar, sólo bastó que nos mirásemos para decirnos que esto no era una locura y que teníamos que seguir luchando por el sentimiento que lentamente nos iba uniendo cada vez más.
           
Al llegar a mi casa, pude sentir en su mirada un cansancio que me llenaba de vida y de felicidad.
           
Pasó un tiempo y no tenía noticias suyas, el mundo se me caía encima, me sentí humillada y engañada, me odiaba a mí misma por haberle entregado mi virginidad a un hombre que ni tan siquiera estaba a la altura de cualquier hombre.
           
Una persona tan cobarde que ni tan siquiera se atrevió a decirme adiós a la cara.
           
Al cabo del tiempo recibí una llamada suya, guardaba tanto rencor dentro de mí que le traté lo más fríamente que pude, él se quedó tan cortado ante esa actitud mía, que sólo acertó a pedirme perdón.
           
Yo le dije que necesitaba estar sola un tiempo y pensar en todo lo que había sucedido hasta ahora.
           
Podría parecer una estupidez, pero no quería equivocarme, ya que otro error así podría marcarme para toda la vida.
           
Estuve mucho tiempo pensando y al final creí que debía darle una oportunidad, no podía olvidar lo que dentro de mí estaba tan latente.
           
Le llamé al día siguiente, estaba más nervioso que la primera vez que habló conmigo.
           
Quedamos en un parque. No sé si sería el lugar, pero mantuvimos una conversación más adulta y sensata de lo que la gente podría imaginar a nuestra edad, ya que los dos éramos bastante jóvenes.
           
Hablamos un rato, decidimos olvidar lo ocurrido y empezar de cero.
           
Estuvimos dando un paseo por el parque, mientras veíamos como las hojas de los árboles caían al compás de nuestro caminar.
           
Le pregunté porqué no me había llamado antes; él me contesto que estaba confuso, que nunca había sentido algo parecido hasta ahora.
           
Lo dijo con una cara tan asustada, que parecía que en lugar de tener a un hombre delante de mí, tenía a un niño.
           
Jamás pensé que un hombre podría ser tan dulce e inocente, cuando se sentía confuso.
           
Al día siguiente le dije que me acompañara a la Agencia de Modelos, ya que me ofrecieron un trabajo bastante interesante.
           
El aceptó y me acompañó, me agradaba que no fuese un hombre antiguo, de los que pensaban que la mujer se debía quedar en casa.
           
Yo siempre he sido una persona independiente y muy segura de mí misma, y sabía muy bien cuando debía retirarme, si él no me hubiera apoyado, tal vez hoy no estaríamos juntos.
           
El anuncio era de ropa interior de una marca francesa (cuando lo escuchó su cara cambió en un instante), afortunadamente no dijo nada pues confiaba en mí.
           
El sabía que yo era una profesional y que simplemente me limitaba a hacer mi trabajo independientemente de lo que se tratase.
           
Al día siguiente saqué un billete a París (Francia), iba a ser duro ya que estaríamos más de dos semanas separados a causa de aquel spot publicitario.
           
Al despedirme en el aeropuerto, le juré que podía estar tranquilo, que nada ni nadie podrían cambiar mis sentimientos.
           
Eso le tranquilizó y sólo nos despedimos con un simple hasta la vista.
           
Una vez en París, me dirigí a la dirección que me dieron en la agencia de Madrid.
           
Era increíble, pero el director del anuncio era uno de los hombres más atractivos que jamás había visto.
           
Sus ojos eran azules como el mar y su sonrisa tan agradable como la salida del arco iris.
           
Sólo tenía un defecto: era demasiado perfeccionista y siempre teníamos que repetir más de una toma.
           
Afortunadamente di con grandes profesionales, que solamente se limitaban a realizar su trabajo, todos excepto Alex el director del anuncio.
           
Se le notaba nervioso e incómodo a la hora de trabajar conmigo.
           
Por suerte el anuncio nos quedó excelente y fue un éxito en la televisión Francesa.
           
Les pareció tan bien el trabajo que realice que Alex dobló la cifra de mi cheque.
           
¡Era increíble!, había cobrado 500.000 Ptas. por un anuncio que me resultó facilísimo de realizar.
           
Todos nos fuimos a celebrar el éxito del anuncio al hotel Royal París.
           
Fue una noche maravillosa, hasta que Alex me pidió que bailara con él, yo no me negué ya que era mi vocación frustrada; era un excelente bailarín, tan excelente que por un momento sentí que estaba bailando con Rudolf Nureyev (uno de los mejores bailarines que ha existido en el mundo, sólo que desgraciadamente el SIDA se lo llevó por delante).
           
Él entendía mucho de danza, ya que bailaba el Valls como pocos hombres saben hacerlo si antes no han estudiado en una academia de baile.
           
Todo fue maravilloso hasta que me propuso algo más que una simple amistad.
           
Le corté en seguida, no quería que se hiciera ilusiones, además no me gustaba mezclar el trabajo con las relaciones personales y por encima de todo le dije que estaba comprometida con un hombre que era digno de mi admiración y mi fidelidad.
           
Se le notaba triste, pero sonrió y me dijo:
           
- No importa, qué puede haber más serio que la amistad entre dos personas.
           
Yo no le contesté, simplemente lo asentí con un gesto leve de la cabeza.
           
Me pareció increíble que pudiese existir un hombre con tanta sensibilidad, pues debido a mi experiencia hasta ahora pensaba que todos eran iguales, insensibles e incapaces de tomar la iniciativa y creía que todos eran unos cobardes a los que la fuerza se les iba por la boca.
           
Cuando terminó la fiesta llamé a mi novio, y para mi desgracia contestó al teléfono una mujer, ya os podéis imaginar lo que sentí, él que tanto me amaba no pudo soportar el estar separado de mí, menos de 15 días.
           
Me sentía vacía, sola y sin pensármelo dos veces fui a ver a Alex, él se sorprendió al verme en su casa.
           
Le conté todo lo que me había ocurrido, Alex era una de esas personas que siempre te hacen sonreír, aunque sientas ganas de llorar, me dijo que no me preocupase, que no valía la pena llorar por hombres que no sabían apreciar donde se encontraba la verdadera belleza de una mujer.
           
Le pregunté que donde consideraba que se encontraba la belleza de una mujer, me miró a los ojos, y me contestó:

- La verdadera belleza se encuentra en el interior de las personas, en lo bello que estas te puedan dar, independiente de su físico, aunque me confesó que el sueño de todo hombre, sería tener a una mujer que además de ser guapa, tuviera inteligencia.
           
Esas palabras suyas, me dieron mucho consuelo, tanto que solo acerté a abrazarme a él, queriendo sentir la protección y el cariño de una persona que casi podría ser mi padre (ya que era bastante mayor que yo).
           
Me sentía tan segura entre sus brazos, y a la vez sentí tanto miedo, que sólo acerté a dejarme hacer por él.
           
Sus caricias eran tan expertas, que olvidé que él también necesitaba ser acariciado, me sentí tan indefensa en ese momento que sólo acerté a parar lo que estaba sucediendo con la estúpida excusa de que me tenía que ir a la habitación donde me hospedaba.
           
Lo que sucedía es que no quería que las cosas fueran demasiado rápidas, quería saborearlas poco a poco, ya que nunca había sido infiel a mi novio y yo no era de las personas que se enrollaban a la primera, yo necesitaba una conversación, un amigo y porqué no, alguien que me recordara lo bonita que era.
           
Sin pensármelo dos veces me fui de su casa sin darle ninguna explicación.
           
Mi comportamiento fue incorrecto, no debí dejarlo de esa manera y sobre todo haberle confundido.
           
A la mañana siguiente muy temprano llamaron a la puerta de mi habitación, era Alex con una preciosa Rosa, no supe como lo sabía, ya que era la flor que más me gustaba.
           
Sólo le dije que me perdonara, que mi comportamiento fue como el de una niña asustada, pero le dije que necesitaba tiempo, no me gustaba sentirme acosada ni atosigada, quería que las cosas que hiciera saliesen de mí y no que me obligarán a hacerlas, ya que para mí el sentirme amada era muy importante.
           
Mientras que estábamos desayunando, su mirada echaba fuego, era la mirada de los hombres cuando desean a alguien.
           
No creía que un hombre tan mayor, pudiera sentirse atraído físicamente por mí, me daba miedo porque no quería parecer una inexperta a su lado, ya que seguro que él preferiría a una mujer con más experiencia, ya que él estaba casado.
           
No sabía porque me había dejado llevar por lo que deseaba y faltar al respeto a su matrimonio, no me sentía culpable, pero tampoco me sentía bien.
           
-Todo esto se me pasó por la cabeza mientras desayunábamos.
           
No lo podía evitar y cada vez me sentía más y más atraída por él, era como una atracción fatal, algo que parecía que estaba predestinado.
           
Al final todo terminó como tenía que terminar, un final deseado tanto por él como por mí.



Eva María Maisanava Trobo
Octubre de 1996

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